La lámpara de aceite

La Lámpara de Aceite


“Las lámparas ardí­an dí­a y noche en los tiempos antiguos, porque no sólo serví­an para iluminar, sino también para mantener el fuego siempre a mano.” R.H. Smith


Hay un encanto en la analogía que puede tener una lámpara de aceite con el ser humano. Una vez que esta conexión se establece, es difícil dejar de pensar en reflexiones y actos de amor propio. Y es que tanto la lámpara como el ser humano se ‘echan a andar’ con una chispa, combustible y una mecha.

Oxígeno, calor y combustible, la ausencia de cualquiera extingue el fuego. El aceite es el combustible que asciende por la mecha y arde con la chispa. Se puede decir que prácticamente cualquier tipo de aceite puede llegar a funcionar. Pero, ¿si fuésemos una lámpara, qué aceite utilizaríamos? La combustión libera luz y calor, igual que cada persona al compartir su vida. Si cualquier aceite puede funcionar, decidamos aquel aceite que nos haga brillar. ¿Qué tal si el aceite 'que sea' es tóxico, huele mal, deja hollín en el cristal? ¿Si fuésemos una lámpara, qué aceite utilizaríamos?


Luego está la mecha. La mecha, además de tener propiedades ígneas, debe de tener capacidad capilar para poder ’subir’ el aceite. La interacción entre la mecha y el aceite debe ser armónica para que se pueda generar la flama. Si la mecha absorbe aceite de más, la brillante flama agotará el aceite rápidamente. Si la mecha no absorbe el aceite, entonces la mecha arderá hasta ser ceniza. ¿A qué le estamos dedicando una mecha que drena todo el aceite?


La chispa es nuestra vida. Es la partícula luminosa que salta a encender la lámpara. En ocasiones será para alumbrar una noche de inefable inspiración. En otras, será la única flama luchando contra una tempestad. Porque algo que es cierto es que la belleza imperfecta de la vida nos va a pedir luz y calor.


Si nos concebimos como lámparas, lo importante sería reflexionar cómo decidimos cuidar esa luz para iluminar el camino que nos queda por delante. Cada que el tanque de aceite se sienta vacío, abastecerlo. Cambiar la mecha de vez en cuando. Tal vez eso quite el hollín del cristal y el olor a quemado. Poco a poco entenderemos nuestros mejores combustibles y las mechas que nos libran de la presión invisible de brillar y brillar. Empezaremos a emanar luz y calor con la claridad y armonía de aquello esencial que nos ‘echa a andar’.


Siente la luz y el calor de un abrazo. Te abraza,

Fer.



Lámparas del NiDo

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